Un perro llamado Tucker ayuda a salvar a las ballenas | Mascotas

    Publicado por tiadoc | 3 septiembre 2012

    Con su olfato prodigioso un perro llamado Tucker ayuda a salvar a las ballenas

    Elizabeth Seely, entrenadora de Tucker

    Esta hermosa historia se sitúa en las Islas San Juan, un archipiélago de islas costeras localizado en la costa noroccidental de los Estados Unidos, en el Estado de Washington. El archipiélago está formado por once islas: Orcas con 148 km², San Juan con 142,59 km², Lopez con 77,2 km², Lummi con 23,97 km², Guemes con 21,58 km², Shaw con 19,95 km², Blakely con 16,85 km², Cypress con 16,12 km², Waldron con 11,9 km², Decatur con 9,12 km², Stuart con 7,46 km².

    Frente a las costas de las Islas San Juan un perro llamado Tucker con un pasado algo triste como vagabundo en las calles de Seattle se ha convertido en una estrella indiscutible en el reino de los caninos que aportan su sabiduría y ayudan a la ciencia.
    Hoy en día Tucker es único perro en el mundo que trabaja con biólogos marinos, capaz de encontrar y seguir el rastro de excremento orca a mar abierto. Es capaz de seguir el rastro de las heces hasta a una milla de distancia, y en ínfimas cantidades. Espectacular.

    Tucker es una cruza de Labrador Retriever de color negro de ocho años de edad que –afortunadamente- fue rescatado de las calles Seattle, una tarde que en sus paseos callejeros acabó en la proa del barco del grupo de científicos con el que trabaja en la actualidad. Eso sumado a su obsesión a una pelota naranja enganchada a una cuerda fue el comienzo de su reputación como protector de ballenas y orcas. Con esa pelota juega desaforadamente luego de una larga y exitosa búsqueda en el agua.

    La afición al trabajo acuático (aunque curiosamente, no le gusta mucho nadar…, pero sí seguir rastros) y el amor a su pelotita han sido elementos claves para la conservación, protección y vigilancia de la salud de las ballenas, un grupo en peligro de extinción que es probablemente sea una de las poblaciones de animales más estudiadas en el mundo.

    A la mayoría de los, aproximadamente, 85 ejemplares de orcas o ballenas asesinas que frecuentan las Islas San Juan (a casi dos horas al noroeste de Seattle), se les ha realizado el seguimiento durante décadas, se conoce el genotipo, sus años de nacimiento y el número de descendientes, etc. Pero nada de eso sería tan fácil (o posible) sin la ayuda de Tucker, su olfato especial, su temperamento y la cantidad de trucos que ha enseñado a los científicos.

    Deborah A. Giles, miembro del equipo de científicos está acabando su doctorado con un trabajo que arroja datos muy interesantes sobre como las orcas que visitan la zona se ven afectadas por los miles de observadores de ballenas y decenas de buques comerciales que se agrupan alrededor de los animales. Ella fue la primera persona que vio a Tucker puesto que estaba trabajando en el barco cuando el perro apareció en la proa con cara de “la caca de orca en realidad no huele tan mal”. Piensa que es un perro muy expresivo y sutil.

    Luego, Elizabeth Seely (entrenadora de perros de trabajo en conservación de la naturaleza y ayuda a la investigación en favor de las especies en peligro de extinción) trabajó con Tucker durante cuatro años y no fue difícil.

    Pero lo que sí es difícil es el trabajo de Tucker, porque, por ejemplo, un perro que olfatea narcóticos atado con la correa puede conducir al humano al lugar del rastro y en el caso Tucker el barco de investigación se convierte, en efecto, las piernas del perro cuando ha recogido el olor, porque él físicamente no puede ir a donde está la muestra, pero de alguna manera tiene que avisar a dónde quiere que dirijan el barco, en busca de las heces que se encuentran en algún lugar del agua. Sí, es toda una aventura.

    Cada salida es como una visita al oráculo de Delfos en el que cada expresión debe ser interpretada por los acólitos, Tucker podría inclinarse a un lado del barco, y luego otro, y de repente se hunde de nuevo en la estera del aroma de excrementos perdido, con la cabeza entre las patas pero inmediatamente esa pequeña pista en su nariz conduce al grupo al lugar indicado y todos deben seguir la huella señalada. “La menor contracción de la oreja es importante”, plantea Elizabeth Seely, su entrenadora y hay que saber leer sus señales.

    Para Tucker, sin embargo, la mayor emoción reduce a su juguete: la pelota naranja. Ahí despliega todas sus pasiones, la lanza al aire, hace giros de cuello, la revolea con alegría. Por eso siempre viaja con él en el barco y cuando una muestra fecal es encontrada, los investigadores lo premian dándole la pelota en el último segundo, lo cual refuerza la conexión entre el trabajo y la recompensa.

    Para finalizar, les comentamos que Tucker no será el único perro en el mundillo científico, tiene una colega en plena formación una perra de raza Flat-Coated Retriever llamada Sadie que, fue donada por su dueño al programa puesto que ya no podía hacer frente a la fijación de Sadie a su pelota. Era una obsesión desesperada y desesperante, entonces un día el dueño colocó esa pelota arriba de la nevera antes de irse a trabajar, pero ocho horas después regresó a casa y Sadie seguía sentada en el mismo sitio mirando la pelota.

    “Cuando el dueño me contó esa historia, mi respuesta inmediata fue: nos la llevamos”, dijo el profesor Samuel K. Wasser, director del Centro Biología para la Conservación de la Universidad de Washington y del proyecto investigación de las orcas en el que trabaja Tucker. La investigación, financiada por Washington Sea Grant de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica, plantea nuevas preguntas sobre cómo proteger las orcas.

    Y, ya como para cerrar una fresa para esta tarta. A pesar de tener sangre de Labrador Retriever y de sus cientos de horas en los barcos, a Tucker no le gusta que lo mojen. Odia nadar. La Sra. Seely, no está segura por qué, pero supone que podría deberse a un trauma de cachorro. Es algo que nunca sabremos…

    Les dejamos el enlace a un video para que vean a Tucker en acción: Ver video (se abre en otra pestaña).

    Fuente: nytimes.com

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